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Identidad

No me reconozco tras la poblada barba en mi reflejo. La aparto para ver por última vez el receptáculo escarbado entre los músculos escalenos y recuerdo el dolor al notar las manos de la cirujana separándolos. En sus viscosas paredes de silicona destacan los filtros sanguíneos y la conexión neuronal.

Suena el timbre. Ya está aquí.

Nos encontramos junto a las camillas. Domino sus rasgos como los míos propios, y la sensación de seguir frente al espejo me desorienta al verlo acercándose. Su abrazo es débil. Se extingue. Estoy serio, y su tímida sonrisa diciéndome que todo está bien no consigue apaciguarme. La alianza, que en su dedo bailaba, me aprieta. Antes de dejar la cartera en la mesilla saca una foto y la besa. La cirujana le seca una lágrima antes de invitarlo a tumbarse.

Mantiene la mirada fija en el techo mientras las correas lo inmovilizan desde los tobillos hasta las ingles, desde las muñecas a los hombros, cuello, abdomen, tórax, frente. Cierra los ojos cuando le colocan el mordedor. El láser del escalpelo se enciende. Sudo. Un mudo “gracias” se quiere escapar en el momento en el que la herramienta abre su piel. Mi agradecimiento es ahogado por su terrible grito, que muta en estertor cuando comienza a ahogarse con su propia sangre, salpicando el chubasquero de la médico, los plásticos de la sala y mi torso desnudo. Cuando el haz vira en segundo ángulo recto él ya está muerto, pero su cerebro sigue mandando señales que sacuden los músculos. Dos ángulos más tarde se detiene. Al apagar el láser mi cabeza comienza a contar los segundos. En el tercero, el vaciador manejado por la otra doctora separa el cubo de carne que mantendrá el chip identificador aislado en ADN conocido. En el sexto coloca los tres adaptadores sanguíneos. Sé que sólo son alucinaciones, pero creo verlo palpitar en su mano. El baño de gelatinoso plasma llega a tiempo, en el décimo segundo. Ella me mira y giro levemente el cuello para recibirlo. Tras una pegajosa presión noto cómo los vasos pasan a incorporarse a mi torrente y mi sangre fluye por veintisiete centímetros cuadrados nuevos. Un calambre recorre mi espina dorsal. Acerca el lector. Dos pitidos. La veo sonreír tras las manchas carmesí en la máscara. Me enseña la pantalla y veo mi nuevo nombre junto a su viejo rostro. Chequeos en orden. Mi monitor marca ciento setenta y cinco pulsaciones, y por fin pueden dormirme antes de que entre en shock.

 

Lalande me espera en la puerta de entrada a la estación que nos llevará a la lanzadera. Antes de que yo me atreva a reaccionar, ella me abraza. “Gracias”, le susurro una y otra vez, impregnando mis dedos del olor a nicotina de su pelo, notando su calor. Al separarnos, seca con sus manos las lágrimas de mi camisa y sonríe con ternura, visualizándolo a través de mi.

Una calada, una última calada, precede a nuestro embarque.

Al dibujarse la esbelta silueta del BFR contra el amanecer, mucho más arriba de las instalaciones cercanas, se hace el silencio en el transporte que nos acerca. Hay quien mira atrás. Surcando su piel de fibra de carbono se pueden ver las cicatrices de los anteriores vuelos. El booster, con faldones de hollín rodeando los propulsores tras decenas de aterrizajes, luce desgastado. Sobre él, la anciana cabina parece deseosa de abrirnos sus portones y describirnos los parajes de Marte.

Las alianzas en nuestros dedos se rozan desde que bajamos a la plataforma de despegue. Nuestro exiguo equipaje abandona el transporte camino al elevador, que le hará superar el tanque hasta la bodega del vehículo.

En el comienzo de la fila, quince metros por delante, lo veo, blandido por el personal de seguridad, amenazante sobre la yugular de cada uno de nosotros a nuestro paso. Dos pitidos, chequeo en pantalla, siguiente. Dos pitidos, chequeo, siguiente. Los pitidos martillean nuestro avance en mis sienes. Dos pitidos. Primero ella. Dos pitidos más. Noto cómo el sudor, traidor, recorre mi cuello señalando el escondite de mi chip delator.

Un pitido.

Me mira.

Dos pitidos.

“Siguiente”.

 

Respiro.

Cuando nos sentamos, ella sigue aferrada a mi mano. Cierra los ojos y suspira largo, recordando el propietario de mi asiento. No me suelta hasta que, al dejar atrás la atmósfera, el booster se separa. No se inmuta cuando unos minutos después el fairing se desacopla también y comenzamos a navegar en solitario hacia la primera parada.

Al salir a la órbita de la Tierra se nos permite un breve receso previo a la recarga de combustible. Quien no ha vomitado puede permitirse el lujo de quitarse las correas y hacerlo fuera de las miradas del resto. Salimos de nuestra cabina para asomarnos a una de las ventanas laterales. En el área común, aún repleta con decenas de personas, reina el más absoluto silencio. Contemplamos el espectáculo, absortos frente a la azul esfera cubierta por una pátina gris. Ya casi no quedan núcleos habitados, iluminados. Abajo, el Mediterráneo, aparententemente calmo, inocente, ajeno a un Mundo que se apaga.

“¡Carmelo!”, exclama Lalande. Su voz trémula se dirige al militar que se ha aproximado a ella en sigilo. Noto cómo al mirarme se confirman sus sospechas. “¿Dónde está él?”, grita rápido, ojos fuera de sus órbitas, mano al cinturón.

Su entrenado movimiento hace que el paralizador se clave dos centímetros bajo mi piel antes de comenzar su descarga sin que yo pueda reaccionar. Noto mis músculos deteniéndose. Mis pies comienzan a contraerse, pero todavía la puedo escuchar intentando explicar la enfermedad de él y cómo me había cedido su plaza. La falta de oxígeno hace que el resto de mis extremidades también se cierren sobre si mismas mientras la electricidad sigue bloqueando mis pulmones, que se llenan de nada. No entiende a argumentos y continúa ejecutando órdenes. Noto mi lengua acartonándose y el cuello separando mi espalda del suelo.

Su abrazo me despide.

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