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Mi dormitorio y las preguntas

Ocurrió en mi habitación, en septiembre, estando solo con ella. Yo la esperaba junto a la puerta para conllevar el primer día de colegio. Todavía no estaba lista. Le metí prisa, pero se limitó a decirme que me diese la vuelta, que se iba a cambiar. ¿Para qué?, pensé, mirando el reloj de la pared. Ella bromeaba mientras yo veía las manecillas avanzar e insistía, una y otra vez, “no mires, ¿eh?” ¡Como si lo fuese a hacer! Cuando intentó coger mi mano para salir, todavía se reía. De reojo vi su sonrisa y su mirada divertida. “Vamos, que es tarde”, apremié. La miré, y miré también la otra camiseta, idéntica, que había quedado en mi dormitorio, sobre el edredón.

A finales de febrero, una mañana me esperaba en la cama su cazadora. Era negra, de cuero, llena de tachuelas y de chapas de colores. Unos amigos de clase iríamos disfrazados de rockeros al concurso de carnaval, y se había ofrecido a prestarme una suya. Se la había visto hacía poco, una noche que vino a buscarla un chico. Al ponérmela me golpeó el olor al cigarrillo que fumaba mientras la esperaba. Me vi ridículo con aquel abrigo excesivamente grande y recargado de metal. La busqué a ella con la mirada y después a mis padres, implorándoles, buscando una enmienda a la monstruosidad, pero todos reían, y decían una cosa sin sentido tras otra. Aquél fue mi disfraz. Después del concurso corrí a mi dormitorio y me encerré, echándome a llorar, arrojando su maldita cazadora al suelo. Habíamos quedado últimos. Tras posar como unos que habíamos visto en la tele, no habíamos sabido qué decir cuando nos preguntaron por nuestro grupo favorito.

Meses más tarde, ella dejó de venir. Una tarde la estaba esperando en el dormitorio y pregunté a mi padre. Me dijo que no volvería. Le pregunté de nuevo, y me dijo que habían desaparecido cosas. Seguí insistiéndole, pero llegó un momento en que no supo qué decir, y fue él quien se dio la vuelta, dejándome allí, sentado sobre el hueco que dejaron su camiseta y su cazadora. Cogí mi mochila y acaricié la chapa de Burning que me regaló tras recoger su chupa del suelo. Todavía no he olvidado aquel beso. Nunca supe qué fue de ella.

Recuerdo a mi madre sentada en mi escritorio, años después, peleándose con los formularios de entrada al instituto, buscando entre los recuerdos del colegio, lamentándose de lo rápido que me había hecho mayor. Me miró buscando con nostalgia a su inocente pequeño. Me dijo que lo de los Reyes Magos” lo descubrí yo solo. Le pregunté por “lo del sexo”, y al parecer ellos nunca me contaron nada.

– Quizá te lo explicó Raquel.

En la minicadena, Toño Martín cantaba que la vida sigue y ella se queda aquí.

Cuando vuelvo por esa casa, paso rápido por mi dormitorio, lleno de preguntas que ya no hago.

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