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Rebelión en la Escuela

La noticia se extendió por el colegio como mancha de aceite. Notas de papel doblado volaron entre los pupitres. Orejas y bocas se juntaron a la más mínima espalda del maestro. Móviles clandestinos en las últimas filas filtraron la decisión. Apenas había sido comunicada en un par de clases, pero para la hora del recreo todos, ya tuviesen babi o acné, lo sabían.

Ana intentaba encender otro cigarro junto a la ventana del despacho.

– Ya se está liando – dijo.

Me acerqué a ella y con pulso más firme que el suyo le ofrecí fuego.

– Gracias.

Analizaba el patio. Apenas cuatro o cinco chavales corrían detrás de la pelota, y se veían obligados a sortear corrillos con encendidos debates. Algunos comunicaban esos grupos como telégrafos, en cortas carreras. En el rincón “secreto” de fumadores no cabía un alma. Le sonreí y puse una mano en su hombro.

– No te preocupes. ¿Café, tila…?

– No, gracias.

Revisé mi peinado y maquillaje mientras un infame líquido marrón llenaba mi vaso de plástico.

– Deberíamos comprar una cafetera de esas de cápsulas y dejar de beber este veneno – dije tras el primer sorbo. Ella siguió absorta en el patio, calada tras calada.

– Deberíamos bajar a decirles algo – recalcó cuando algunos alumnos señalaron hacia nuestro cristal.

– ¿Para qué? El recreo acabará pronto.

Y así fue, pero con algún remolón que se resistía a la evidencia. Ana repiqueteó con sus uñas en el cristal hasta que el último de los adolescentes cedió a la insistente sirena y la puerta pudo ser cerrada.

Tres golpes secos en la puerta nos sobresaltaron. Bruno estaba al otro lado.

– No puedes hacer eso – sentenció, disimulando un gallo en su voz.

– Hola, Bruno. – contesté, conteniendo la carcajada.

– Quiero hablar con Ana.

– No hay nada que hablar – se escuchó desde la nube de nicotina.

Se marchó con un bufido, dejando caer una sutil patada en el marco de la puerta.

 

Sólo fue el primero de una insufrible procesión de alumnos que, aprovechando escapadas al baño o cambios de clase, nos hacían llegar su desacuerdo. A medida que avanzaban las horas iban reduciendo el grado de formalidad, que fue de argumentos bien hilados hasta el rechazo más visceral y explícito.

 

El cenicero de Ana se llenaba con gran velocidad y su inagotable flujo de opiniones agotaba mi paciencia al mismo ritmo. Unos nuevos nudillos en la puerta me concedieron un respiro.

– Hola, Delia – dije al ver tras el umbral a la delegada de último curso.

– Hola, Carla – me contestó con tranquilidad. – Sólo venía a decirte que en nuestra clase hemos dejado todo claro y la clase ya está funcionando con normalidad.

– Gracias, Delia.

Al cerrar, Ana seguía hablando, insistiendo en hacer algo. La miré desde la puerta, con el picaporte todavía en la mano, sopesando la información de la repolluda de Delia. Si ella pensaba que todo estaba controlado es que, efectivamente, debíamos intervenir.

– Natillas – dije.

– ¿Cómo? – preguntó, tirando la ceniza del último cigarro sobre su falda.

– Natillas. Natillas y patatas fritas. Llama y que por el momento pongan patatas fritas y natillas en lugar de ensalada y manzanas.

 

Salimos a la calle por secretaría, donde un grupo de alumnos nos esperaba. La primera fila estaba tranquila, pero con gesto amenazante. Detrás, otros nos gritaban y lanzaban papeles.

– ¿Qué mierda hacéis? – dijo Ana a Elena, de penúltimo curso, esperando en el centro.

– No podéis hacernos eso.

Mientras ellas se enzarzaban en una anodina discusión yo cogí uno de los papeles que nos arrojaban. En pocas horas habían organizado la redacción y fotocopiado de un breve manifiesto, con caligrafía y redacción dignas. Tras doblar una de las octavillas, no sin cierto orgullo, dejé atrás la discusión y me fui a comer, dejándoles caer que “quizá, puede que”, esta tarde fuesen a tener examen sorpresa de Matemáticas.

 

A mi vuelta entré pisando la alfombra de panfletos. En un rincón, Elena pasaba rápido las hojas de un libro. De camino al despacho visité el comedor: tranquilidad, a excepción de tres alumnos que retiraban natillas de una pared.

 

La tarde transcurrió salpicada por alguna nueva queja. Se acumulaban pasquines entregados por debajo la puerta del despacho.

 

La última campana del día sonó por los altavoces y las aulas vomitaron a los alumnos, que se arremolinaron de nuevo en grupos.

– ¿Cerramos ya las puertas? – dijo Ana, al ver que el patio no se despejaba como siempre.

– ¿Qué quieres, encerrarlos dentro? Déjalos. Se cansarán. Hoy tienen doble de deberes. Y hay fútbol. Se irán.

– ¿Y mañana?

– ¿”Mañana”? Mañana ya se habrán olvidado.

 

Me puse otro café y traté de ignorar la silueta de Ana fumando en la ventana, y el insufrible ruido de su repiqueteo en el cristal. Revisé el correo del día, programé agendas, corregí exámenes. Encargué una cafetera.

 

Desde el patio, al tibio ruido blanco de conversaciones, debates y discusiones le siguieron cánticos. Al rato tornaron en unos pocos gritos furiosos que se fueron extinguiendo con las luces de los focos.

 

Pasaron las horas. Cuando hube terminado todas las tareas con las que matar el rato y Ana sus paquetes de cigarrillos, comprobamos que ya no quedaba un alma en el patio. Salimos. El viento se había llevado los panfletos. Era tarde, hacía tiempo que había oscurecido y ya nadie nos buscaría.

 

 

Texto redactado como ejercicio en el taller de escritura creativa, con la restricción de que debía terminar con la frase “Era tarde, hacía tiempo que había oscurecido y ya nadie nos buscaría.”.

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