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Bernardo, el mirón

Volvió a su rincón favorito del parque, templado en aquellos veranos infernales, oculto tras unos árboles mal podados. Se sentó acomodando los riñones en el hueco desgastado a su medida, en su banco.

Bernardo, apoyado en la cachaba, miró. Ellos parloteaban, reían, gesticulaban. En el banco de enfrente, ajenos al calor y al mundo, dos chavales aprendían lo que es el amor. Los oídos de Bernardo se desbordaban con las mofas a sus maestros, los nuevos apodos en la pandilla, lo del auto del recién llegado al pueblo, lo bonita que han dejado la alberca para ese año, las ganas de bañarse. La prima de la Manuela al parecer se había comprado una falda de fresca, de cualquiera, y eso a él pareció divertirle, y ella fingió ofenderse. Se quedó posando en el gesto preciso para recibir su abrazo y dejarse llevar por el calor del verano, el de él y el de ella misma. Le dijo algo al oído, y ella se ruborizó. Dejó pasar unos pocos segundos, horas para él. La piel de su mejilla se erizó con la caricia de su melena al asentir. En ese momento su mirada se cruzó con la de Bernardo. Los ojos de ella no lo esquivaron, y le sonrió antes del beso. Un escalofrío invadió su pecho.

Carlos le arrancó de su banco con aquellas manos firmes antes de que la propuesta susurrada se consumase. Bernardo no replicó a aquella voz que le saludó, proponiéndole volver para disfrutar del aire acondicionado.

Al día siguiente el banco lo esperaba con impaciencia, su asiento reservado, el hoyo para su cachaba, y ellos. Aquella tarde los profesores no parecían importar, ni la falda de Manuela. El sol abrasador los había sacado de casa ligeros de fronteras. Sus labios se esforzaban en conocerse como si toda conversación hubiese sido prohibida. De nuevo cruzó la mirada con ella, y volvió aquella sonrisa que lo dijo todo. Hasta el bastón tembló cuando ella le susurró a él, y los segundos fueron milésimas esta vez, y se citaron bajo la falda sus yemas y sus muslos. La empuñadura de marfil del bastón y ella hirvieron entre sus manos aquella tarde. Bernardo reprimió el impulso de cruzar el claro de su rincón del parque y acercarse a aquel otro banco. Sus dedos parecían querer consumir su último hálito en pulverizar el bastón.

Cuando Carlos llegó de nuevo, él estaba solo. Su mentón descansaba sobre la cachaba. Su leve sonrisa le pedía disculpas por sus travesuras. Sus manos estaban frías.

La tarde definitiva fue un domingo. Ellos retrasaron su llegada. Era la última del verano, antes de meter las maletas en el cuatro latas y deshacer la huída. Fue ella quien secuestró su boca e inmovilizó sus piernas con las suyas. Él buscó nervioso a los lados antes de desentrañar los botones de su blusa. Esta vez no hubo mirada ni sonrisa. Ella estaba ocupada en dejarse aprender. Aquella noche el bastón no tembló. Bernardo notó su firmeza, y ella también. Volaron manos y prendas que cubrieron el césped. Compartieron susurros y a ellos mismos en aquel escondido claro cuando el calor acariciaba su fin y el corazón de Bernardo se dejó llevar.

Carlos llena la caja de cartón. Tres pantalones, cuatro camisas, dos chaquetas, dos corbatas a juego. Los pijamas y la ropa interior, a la basura. El bastón termina en la caja, quizá alguien se tome la molestia de arreglar la delicada empuñadura, rota contra el suelo del parque. Coge el marco que había acompañado a Bernardo desde su mesilla de noche todos aquellos años. El chico de la foto tenía que ser él. Ella tenía la belleza sencilla de las tardes de bicicleta y bocadillo con mucho pan. Reconoció el rincón del parque en el que estaban inmortalizados.

Al terminar la jornada comprueba la comodidad del asiento al que él siempre se le escapaba. Pasa por alto el hueco del suelo junto al que encontraron los fragmentos del bastón y Bernardo aquella última noche. Levanta la fotografía ante sus ojos. El vetusto respaldo de hormigón en el que están sentados encaja con la instantánea. Así, la pareja recibe una última mirada en aquel oculto rincón, en el final del verano.

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