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El huésped

Fui consciente de que mi cabeza había sido invadida por una criatura extraña hace hoy un año exacto, ni un día más ni un segundo menos. Mientras daba otro sorbo a mi stout -cafetada, lechosa, aromas de whiskey- algo tiró de mis neuronas como si fueran riendas, haciéndome levantar de mi taburete. Aquél tirón me imbuyó del espíritu de un imaginario caballo, porque desde aquél momento mi corazón arranca al galope sin mayor aviso que una sacudida en alguna parte de mi cuerpo. Contengo, por ahora, la tentación de salir corriendo.

Aquél ser vírico que claramente comenzó en mi cabeza -dolor, sudores- ahora igual se manifiesta en mi brazo, o en mi estómago tras una comida. Ha encontrado en mi cuerpo su hábitat natural y lo recorre a su antojo.

Harto, me he decidido a erradicarlo. Erradicarlo antes de que, no necesitado de vida sexual para reproducirse -él-, decida establecer en mi interior su propio ecosistema y el número de inquilinos crezca sin ver yo un duro de alquiler. Así que aquí me encuentro. Cabeza sangrante frente a algunos azulejos fracturados -había que reblandecerla antes de hincar la cuchilla de afeitar, mi bisturí-. Decidido a cortar, me detengo. Me analizo. ¿Ya no te noto? Mis huellas dibujan paralelas blancas sobre el suelo enrojecido en su búsqueda. Quizá te has salido por la herida.

No.

Noto un tirón. Sólo un tirón. Mi corazón sigue su ritmo pausado habitual.

Bien.

Ha decidido pasar de virus a simbionte. Quizá podamos llevarnos bien.

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