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El trapo

Hoy, aquí, frente a toda esta gente, recuerdo el día en que me di cuenta de que poseía un trapo mágico. Limpiaba la ventana de mi salón y, al mirar a través de la estela que trazaba, vi. Como si hasta entonces hubiese estado ciego. Como si hasta entonces aquél cristal hubiese sido pared opaca. Al otro lado ya no había un automóvil, un vecino, un árbol, un sol. Eran la Automoción, la Vecindad, la Arboleidad, la Soleidad lo que se evidenciaba ante mis ojos. Abrumado por la epifanía de la Verdad al otro lado del ventanal de mi salón, caí de espaldas sobre mi sillón y me sumí en él, contemplando la Esencia del mundo que me rodeaba. En mi mano, el trapo se filtraba entre mis dedos, acariciándome, compañero único ante aquella visión.

No sé cuánto tiempo permanecí allí sentado. Cuando me levanté era ya de noche. En mi vecindario las farolas habían sucumbido al vandalismo y no se veía nada. Abrí la puerta y me asomé, pero tras aquella revelación todo se me antojaba extraño. Cerré con violencia. Mis homoplatos golpeaban la madera, provocando un rítmico redoble por mi acelerada respiración. El trapo estaba en la mesa junto a mis gafas. Me lancé sobre él y froté y froté hasta que las lentes se hicieron invisibles y al ponérmelas, de nuevo, vi. Y abrí la puerta, y la oscuridad no era tal, y vi la Farolidad y descubrí su caja, abierta, cables desnudos. Fácil solución, sin más que proteger mis manos con la suave tela del trapo y unir lo que había sido separado.

Me desperté bajo su luz y unas sonrisas, tendido boca arriba en la acera. Los dedos me ardían y la cabeza me dolía. Estaba rodeado por unos vecinos, que se alegraron de verme abrir los ojos bajo aquella reinaugurada claridad frente a mi portal. Sin duda alguien me había atacado a traición al iluminar el barrio. En la oscuridad estábamos vendidos a los gamberros, les dije. Asintieron. Más allá y aún más allá ví otras farolas a las que devolví a la vida con mi trapo. Con mis vecinos cubriéndome las espaldas nadie se atrevió a acercarse de nuevo. Con aquel sencillo gesto, salimos de la negrura.

Al día siguiente convoqué al vecindario a una reunión en un local vacío. Llegué temprano. Quité el cartel de Se Vende del escaparate y me apliqué en el cristal como lo había hecho con la ventana de mi salón y mis gafas. Cuando los vecinos llegaron se asombraron de la claridad que entraba en aquél espacio que acababa de hacer nuestro. El trapo, ya impoluto, acariciaba mi mano derecha en la mesa, mi atril. Y ahí vi que su poder no se limitaba a hacer ver, sino que también me hacía ser visto y escuchado. Mis palabras se amplificaban en sus pliegues y entre aquellos cuatro muros llegaban a los oídos de mis vecinos nítidas, rotundas, indiscutibles. Jamás hubo una comunicación más directa, un discurso más certero, una comunión más perfecta. Acordamos que aquél local vacío siempre pertenecería al barrio. Y el barrio y su luz, a sus vecinos. Hubo quien, desde fuera, intentó escudriñar lo que allí hacíamos, pero sólo había pasado el trapo por dentro y de mi voz sólo le llegaron unas cuantas notas discordantes e inconexas.

Me despertó el timbre de la puerta. Al otro lado estaba mi pedido, y dentro, los trapos. Más trapos, iguales que mi mágico trozo de tela, pero sin los superpoderes de preclaridad que me confería el mío. Recorrí nuestras calles caja en mano, timbre, hola, vecino, toma, muchas gracias, haremos lo mismo, muchas gracias. Otros se sumaron a mi causa, y pronto las cajas estuvieron vacías y las ventanas, impolutas. Aquella noche mis sueños de limpieza fluyeron desde el trapo, al que dormía abrazado, y entraron en todas las casas a través de sus iguales. Tras aquello, quien intentaba entrar a nuestro barrio, a cualquier hora, desistía, deslumbrado por el brillo de nuestros cristales y ensordecido por la música que el viento modulaba entre los trapos, ondeando al viento en nuestros tendederos.

Hoy estoy aquí, intentando explicar al resto de barrios por qué el nuestro reluce como el sol, y  suena armonioso como una filarmónica mientras los suyos permanecen en la oscuridad y el ruido. En la entrada del auditorio mis vecinos regalan más trapos. Por alguna razón mis palabras resuenan más claras entre quienes los aceptan.

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