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Enseñanzas escolares

El griterío desde el patio de butacas me impedía oír mi propia voz, y detuve la lectura del relato. Al levantar la cabeza vi bolas de papel volando sobre las cabezas de los otros estudiantes. Entre bambalinas un profesor me instó a seguir.

Al bajar del escenario me crucé con el jefe de estudios, que apartó la mirada. Antes de comenzar el festival de la Semana de las Letras se había encontrado conmigo en el pasillo y le había dicho que mi relato era un tostón, que el de Antonio era mucho mejor, y que sabía porqué me habían dado el premio. Él, que no, y yo, que sí, hasta que se fue, tenía cosas que hacer.

Meses antes, en clase discutimos qué obra representar en esa Semana de las Letras. La profesora, sabiéndonos hartos de clásicos, nos había dado libertad, y yo propuse escribir algo. Unas semanas más tarde, presentaba una obra en cinco actos. En el primero, un loco encerrado en el manicomio disertaba sobre la vida. En los tres siguientes recibía las visitas de un familiar, un cura y un político. Planteaba la duda de en qué lado de la barrotes queda la cordura. El último y trágico final rompía la cuarta pared, siendo esta vez los espectadores los interpelados, hasta que el hombre, dando su juicio por perdido, pone fin a su vida. Hicimos una lectura en clase y todo el mundo rió y comenzaron las discusiones sobre quién interpretaría a cada uno.

Al día siguiente los quince folios estaban desplegados en la mesa del jefe de estudios. No se podía representar. Dije que era la primera versión, que jamás había escrito teatro, que habría mil cosas que mejorar y que lo podíamos hacer entre todos. Pero no. No se podía representar. Que no, que no es que fuese mala. Que no se podía representar algo así en ese colegio.

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