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Mi despedida definitiva

Me gustaría que lo entendieras, pero sé que no serás capaz. Portador de desgracia desde el mismo nacimiento. ¿Cómo explicarte que la vida no podría llegar a su fin de otra manera?

En el primer lloro la partera me agarró con desprecio, con asco por la mancha que deformaba el lado izquierdo de mi cara. No me creerás, claro, pero ahora aún puedo recordar aquellos ojos vacíos de compasión y llenos de repugnancia que esquivaban los míos. Ni se dio cuenta de que, paralizada por el horror, sus zapatillas blancas se empapaban con la sangre de mi madre encharcando el paritorio.

Estarás leyendo esto en la residencia, con manos temblorosas, sin saber qué te quiero decir, a dónde quiero llegar. Sólo te quiero explicar que, aunque te digan lo contrario, yo no era malvado. Yo fui malignizado, primero por aquella matrona, y después por el amor de mi padre. Amor al whisky. Cada noche, ebrio, intentaba borrar la ignominia de mi rostro volcando todas sus fuerzas sobre la mancha. Sólo había una forma de explicar a los demonios del colegio que su nuevo compañero, el de la cara marcada, hablaba mal porque los puñetazos antes a él le deformaron el paladar. De explicarles qué provocó aquél incendio en su casa, del que sobrevivió en un milagro. De explicarles las calvas en la cabeza y las cicatrices de las manos.

La matrona, mi padre, mis compañeros, fueron los que me empujaron al alcohol. Al alcohol solitario en bancos de parque y callejones con olor a puertas traseras y olvido. Nadie compartía barra con aquél ser inmundo. En esas calles encontré los peores tugurios y en sus trastiendas, las timbas nocturnas con los otros despojos de la ciudad, mis únicos amigos. Ganaba partidas, sí, pero las prostitutas siempre me cobraban el doble.

Incluso mi propio cerebro me rechazó. Dijo basta y decidió que recordar no merecía la pena. Los médicos me dieron unos pocos meses hasta quedar en blanco. La mala vida, me dijeron. El alcohol, me dijeron. Los golpes, quizá. Cuando la enfermedad comenzó a aparecer, sonreí. Olvidaría a mi madre desangrándose, a mi padre pegándome, a mis compañeros escupiéndome.

Pero no supe aceptar sumergirme en mi propio olvido. La maldad que dirigió mi vida no se resignaba a desvanecerse en la senectud, y tuve que comenzar este diario. Quizá hoy hayas tenido un buen día. Quizá hayas desayunado huevos con bacon en una mañana soleada y hayas disfrutado la imagen de las piernas de la enfermera y el sonido del roce de sus medias alejándose de tu habitación tras darte las pastillas. Seguramente alejado de espejos, quizá hoy no recordases que tu cara es deforme y que el resto de la residencia no quiere jugar a las cartas contigo porque les desplumas. Espero que ahora comprendas y, hasta que se haga de noche, recuerdes. Y que cada día vuelvas a coger este libro en tu mesilla y lo leas otra primera vez. Así, no me habré desvanecido por completo. Hasta el final, perduraré en tu tormento.

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