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Mi último pico

La doctora cierra la puerta, pero descarto que me vaya a hacer proposiciones sexuales cuando me clava la aguja con ensañamiento y me dice que aquél habrá sido mi último pico.

Al oírla me viene a la cabeza el primero. Sonaban los Sex Pistols, aunque todavía no los reconocía, en el local de la otra banda. Pensaron que sería divertido ver el efecto del chute en un crío y me dijeron cómo inyectarme. Aquella mierda no me hizo nada, pero habría dado igual, quería impresionarlos y que me dejasen tocar su batería, la nuestra eran unos cuantos cubos metálicos y unas tapas rotas. Ellos eran niños pijos con papás que les habían llenado el local de al lado con equipos completos, mientras nosotros tirábamos con lo que íbamos encontrando.

Mi vocación importaba más que la calaña a la que juntarme, y me habría alistado donde fuese para conseguirlo. Y el chivato de mi hermano, que si mamá, mamá, que Antonio va con los que mataron a Lorca. ¿Cómo explicarle que la única forma de conseguir golpear un tambor era unirme a las J.O.N.S.? No duré mucho pero me permitió probar por primera vez madera y parches de piel.

La calidad de los picos que me podía permitir fue incrementando junto a mi técnica con las baquetas. Fue una época de violencia en mis venas, en mis redobles, y en el público que asistía a nuestros bolos. En varios conciertos, al apagarse los focos y dispersarse la banda, dejábamos atrás los instrumentos sobre un manto de astillas, y cuerpos sin vida sobre charcos de sangre. Drogas, peleas… No me digáis qué ocurría, no podía ver nada.

– Las correas me aprietan – digo a la doctora. Al parecer me habían atado a la camilla, probablemente por los espasmos, y no me habían soltado.

– Pronto te dejarán de molestar.

Me pone delante de la cara su móvil con una foto en sepia. Un viejo con un niño en brazos.

– Las fotos en sepia son una horterada – le hago saber.

– Son mi abuelo y mi hermano, tú no los conoces pero yo a ti sí.

Es raro que un baterista llegue a ser famoso, siempre detrás, en todos los sentidos. A mí eso no me pasa, aunque en ocasiones no es bueno.

– Él es mi abuelo, y él mi hermano – me explica, mientras yo comienzo a sentirme mal.

– Muy bien, doctora, pero creo que voy a vomitar y no va a ser bonito.

– A mi abuelo lo mataron tus amigos de la Falange, y mi hermano no salió de uno de tus conciertos.

Todo se vuelve borroso, incluso más allá de mis infinitas dioptrías. Sólo alcanzo a escuchar que éste va a ser mi último pico.

 

 

Nota: he cogido un par de elementos pero lo demás es invención. Si queréis conocer su apasionante vida, leed la autobiografía.

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