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Nuevas páginas

La trampilla del sótano clandestino se cierra exhalando un soplido y amenaza con apagar la vela. Mi sombra tiembla al bajar una vez más los escalones que llevan a nuestra reunión. La tibia humedad que emana la cera del resto de candiles al fundirse apelmaza el polvo de los libros en las estanterías y caldea mis pulmones.

Me siento en el suelo, detrás, esforzándome por no romper la ceremoniosa paz. Vocales y sílabas en la pizarra. Tímida brisa de paso de páginas entre los asistentes. En primera fila los más pequeños leen al ritmo de la batuta de mi madre, en voz baja, de uno en uno. Disciplinados, tempranos adultos. Incluso ellos saben que nuestras voces no deben escapar a pisos superiores.

Cuando terminan, los abraza uno por uno. Sus padres los llevan escaleras arriba mientras ella pasa a deslizar su dedo entre las hojas de un libro. El marcapáginas se abre camino hasta Usher II y nos sumergimos en Bradbury, sus referencias a Poe y la censura, hasta que la luz de las velas es tan tenue que la pizarra se funde con la oscuridad. Ella anticipa que mañana mi tío escogerá La Escritura de Dios, de Borges, y la importancia de la palabra escrita. La palabra prohibida. Después, alguien leerá Huxley.

En la penumbra, exprimiendo los últimos milímetros de mecha, los dos primos prolongamos la reunión. Hablamos de los clásicos que transmitimos en estas veladas secretas. Él tiene a su lado la pila de libros que está trabajando. Mis ojos recorren los lomos, escudriñando los títulos, y veo una nota violentamente desafinada: una biografía de un cantante pop del siglo pasado. Ni siquiera nosotros habríamos librado ese libro de la quema. Lo cojo. Al darse cuenta me lo intenta arrebatar, pero en el forcejeo vuelca su vela y la cera se vierte sobre García Márquez. Aprovecho para, lejos de su alcance, abrirlo. Ha reconvertido el libro en un improvisado cuaderno. Cada margen, cada interlineado, está reescrito. Cada espacio en blanco, aprovechado.

– No sé por qué nuestros padres no nos permiten escribir – dice, con cera en sus uñas, abrazando Cien Años de Soledad. – Sólo analizan una y otra vez textos de otros. Nadie crea.

Me deja leer sus palabras. Cuando la vela se consume, antes de llegar hasta el final, mi primo es una persona diferente. En la oscuridad, lo abrazo.

Me invita a imitarlo y me llevo bajo el abrigo otro libro sin valor. Me da un bolígrafo casi gastado, sin confesarme cómo lo ha conseguido. Durante semanas, tras las sesiones de Borges, Cheeve, Kafka, en la oscuridad, nos despojamos de toda máscara. Él y yo somos los prohibidos protagonistas en páginas prohibidas. Nunca más nos conformaríamos con reflejarnos en vidas ajenas.

Meses después llega nuestro turno en el atril y subimos con aquellos infames libros en las manos. Bajo el manto de cera candente corretean los susurros sobre nuestra elección, que se tornan en espanto al ver que no eran las letras impresas las que leíamos. Allí, en medio del cónclave, con aquellos nuevos, proscritos textos, nos deshacemos de toda vestimenta. Al terminar el relato nuestro nos miramos conteniendo las lágrimas y el terror. Nunca nos habíamos visto desnudos, nunca habíamos desobedecido a nuestros padres.

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