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∗ Banda sonora recomendada.

Pedro tuvo que luchar contra las legañas que sellaban sus hinchados ojos para leer la agenda del día. Estaba casi llena. Cuatro asignaciones: mañana, almuerzo, tarde y cena. El frío del espejo heló su frente, pero por más que se lavaba no conseguía despertar. Se quedó mirando las gotas cayendo desde su barbilla para después arrastrarse hasta el sumidero del lavabo. Pensó que debería volver a subir sus tarifas, ahora que su valoración se había recuperado y las facturas le daban una tregua. Un mes más con días así y él también reventaría.

La alarma interrumpió sus pensamientos, anunciando la hora de salir al primer encargo.

Manuela era clienta habitual. Ya se refería a Pedro como “hijo”, y no era de extrañar. Lo veía con más frecuencia que a los suyos propios, cuervos que lo contrataban negociando el precio a la baja, escatimando cada céntimo, amenazando con bajas puntuaciones. Se consolaba con la sonrisa de la anciana, cálida al final de la escalera mientras él acarreaba la compra de la semana. La ternura de sus palabras al recibirlo antes de comenzar las labores será lo único que ellos, demasiado ocupados como para visitarla, no se llevarán en la herencia.

Al desandar las escaleras estudió el perfil del siguiente cliente. Exigente y prestigioso. Analizó la ficha del exclusivo restaurante. De camino decidió comprar un traje, elegante, no formal, gris marengo, camisa blanca, corbata no, gracias. Su cuenta de créditos diaria bajó a un penoso número en rojo. Aquel servicio le iba a salir a deber, más valdría cuidar bien la nueva prenda.

Al entrar en el local pasó desapercibido en aquel laberinto de chalecos y americanas, móvil en mano para reconocer al cliente. Lo guardó con discreción al verlo junto a la ventana de aquel rascacielos. “Hola, Pedro, ¡cuánto tiempo sin vernos!” exclamó él, levantándose de la silla. Aquel hombre le contó lo bien que le había ido desde la universidad: mujeres, coches, ascensos… Pedro elegía las preguntas con habilidad, engalanando su relato. Incluso se atrevía a dejar caer algunas de su propia invención, destacando los detalles más importantes para él. Orgulloso, se permitió el lujo de, una vez hubo cogido confianza para acompañar la conversación, disfrutar del jugoso bistec y de las vistas mientras sonreía y asentía sus andanzas mecánicamente. ¿Sí? No me lo creo. Genial. A los pies del edificio, el tráfico fluía furioso.

Tras los postres y el abrazo de despedida, ójala no pase tanto tiempo hasta la próxima vez, salió hacia el ascensor. Al alcanzar la planta baja recibió un mensaje. Le agradecía su buen servicio enviando una valoración óptima. Satisfecho, guardó su móvil en el bolsillo interior de la chaqueta y continuó su recorrido.

El de la tarde era de cuota social, orden estatal, garantía de atenciones básicas. En el bullicio de la salida del colegio se distinguían varias pulseras con luces de colores. Su móvil, notando cerca la de su asignación, mostró su foto y datos en pantalla, pero Pedro lo no necesitaba. Ya había recogido a Juan decenas de veces y era capaz de reconocerlo en medio de la avalancha del patio. Sin embargo, su confianza seguía siendo un trofeo inalcanzable. Le acercó la pesada mochila y enfiló hacia la calle ceñudo. Aceptó su mano a regañadientes, no eres mi padre, y apenas dijo que tenía que hacer deberes. Por más que le preguntaba, el niño se limitaba a transcribir su dictado y pasar a la siguiente tarea. Merendaron bocadillos de fiambre juntos, en silencio. Al salir del orfanato, tuvo que reprimir las náuseas una vez más. Estas órdenes le suponían a fin de año una generosa deducción en sus impuestos, pero al terminar siempre le parecía un pago escaso.

El pestillo de la casa de Ana se abrió al acercar su identificación. Recorrió el pasillo buscando la cocina y dejó la bolsa de la compra sobre la mesa. Allí, un papel le detallaba las instrucciones. Resopló. Atándose el delantal a la espalda, puso Kraftwerk en el hilo musical y comenzó a preparar su sofrito.

La mesa estuvo lista justo a tiempo para la llegada de ella. No le dejó quitarse el delantal, abrazándolo, besándolo cariñosamente. Cenaron mientras él le contaba que había tenido un gran día. Que por la mañana había hablado con una clienta muy amable que pronto renovaría su contrato. Que a un viejo amigo le habían dado por fin su merecido ascenso y habían salido a comer para celebrarlo. Que por la tarde había ayudado a una de las últimas incorporaciones de la empresa a redactar un informe. Ella lo miraba con ensimismamiento mientras la carne se deshacía en su lengua. Los recuerdos bullían, cobrando vida de nuevo, en el fondo de aquellos ojos claros. Se levantó para servir el postre, pero ella se lo impidió. A través de los altavoces, un sintetizador cantaba Ohm sweet ohm cuando sus labios se unieron y su mano palpó su incipiente dureza. Le preguntó si estaba segura, mirando el papel. Sí, José, claro que lo estoy. Él subió la música para que los vecinos no escuchasen los gritos.

Dos horas más tarde, abandonaba el dormitorio dejándola en la oscuridad, sucia, dolorida, con la piel en carne viva y tanteando los moratones en busca de una postura para dormir.

Girar su picaporte le hizo percatarse de que le dolía la mano, y notó que la culpa le había acompañado hasta casa. El móvil vibró. Ana había aprovechado las últimas fuerzas del día en otra nueva valoración, sólo visible para ciertos clientes verificados. Su buena nota no lo alivió.

La cama crugió bajo su peso. Unas manos amables le acariciaron el pelo. Un saludo y la cariñosa recriminación de que era ya tarde. Él abrazó su desnudez sin ánimo para quitarse la ropa. Se percató de que mañana tendría que planchar su traje nuevo, ya arrugado bajo su cuerpo, pero no se movió. “¿Otro día duro?”. Él se escondió en su cuello y rompió a llorar. Ella se prodigó en suaves besos y caricias. Sus manos le desabrocharon el cinturón y sus labios bajaron por su cuerpo, pero él la detuvo. “No, hoy no”. Sollozó.

Despertó acurrucado por el frío entre las sábanas. Suelo gélido, ojos hinchados, legañas. Antes de abrir su agenda añadió otra puntuación a la joven, volviendo a destacar su entrega, deseando asignarla otra noche.

La agenda del día volvía a aparecer llena.

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