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Una cuestión estadística

La plumilla me había citado en aquella minúscula cafetería de San Bernardo directamente, sin pasar por la secretaria del partido. Al verme hizo hueco sobre la única mesa, escondida bajo una taza de posos de café, un cigarrillo eléctrico, su portátil y un libro.

– Si esa “cuestión estadística” que quieres tratar es de la encuesta que habéis publicado hoy, te digo por dónde nos la hemos pasado y me voy.

– Desde que eres portavoz tienes el cretino subido. Siéntate, que no es eso.

Nadie en la barra. Se oía ruido en la trastienda, quizá estuviesen tostando el café.

– Muy íntimo este sitio, ¿no? ¿Me echas de menos?

– No, imbécil. Es perfecto para enseñarte una idea.

Al girar el portátil quedó ante mi una hoja de cálculo. Números, gráficas… Datos sobre esperanzas de vida y mortalidad en diferentes poblaciones.

– ¿No ves algo raro?

– Hace tiempo que me saqué el máster, ayúdame.

– Ya. Aquí. Mira aquí.

El esmalte negro de su uña señalaba una línea con una distribución diferente al resto. La que comparaba mi partido frente a las de la población general.

– Es sólo un modelo, pero viene a decir que no me gustaría ser un cargo de tu partido, os morís antes que el resto.

– Vida perra, ya sabes.

En la calle la gente correteaba arriba y abajo, ignorando los periódicos de los quioscos, ajenas a nosotros.

– ¿Por qué me cuentas esto? No es más que amarillismo estadístico. Numerología.

– ¡Numerología! No me jodas. ¿Sabes cuál es la probabilidad de vuestra gente caiga como lo está haciendo? Una entre…

– No digas estupideces.

– Los puros no son lo único humeante en tu partido, y lo voy a demostrar.

Habría apostado a que su jefe y sus compañeros le habían dicho lo mismo. Yo era su último recurso, pero sabía que era imposible que yo apoyase semejante hipótesis.

– Nadie está matando políticos, cielo.

En sus ojos se dibujó vidrioso nuestro pasado, por un instante, hasta que salió con un portazo que se escuchó desde la trastienda.

– ¡Oh, no le había visto! ¿Qué desea? – preguntó el camarero.

– Un whisky, por favor.

– Sólo tenemos café, caballero.

– Pues uno solo. Doble.

Abrí mi maletín y de su fondo saqué el otro móvil. A partir de ahora quizá tendríamos que buscar soluciones alternativas a ciertos problemas.

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