• facebook
  • flickr
  • google
  • instagram
  • lastfm
  • linkedin
  • spotify
  • twitter
  • Goodreads
  • GitHub
  • juanignaciosl.github.io
  • Medium

Vivir Más

Mientras barría el salón, entre los fragmentos de cristal y los restos de marihuana encontré un folio lleno de diagramas y fórmulas que me hizo recordar la noche anterior.

¿Y… y si pudiésemos vivir más rápido? El THC había hecho hueco a nuevas ideas. Me miró. Esas palabras habían activado algo en su córtex. Seguí hablando, pero ella ya no escuchaba. Se había dejado caer en el chaise longue en el violento silencio de su realidad paralela. Cuando comenzó a mover los brazos febrilmente me tumbé a su lado y vi cómo sus dedos dibujaban armónicas letras y símbolos ante sus ojos. Al rato, se lanzó a por papel y lápiz sin importar la botella que se interponía en su camino.

La vi pasar desnuda buscando su desayuno. Analizando el folio, le dije que podía funcionar y ella dijo que por supuesto. Zumo en mano, se encerró en su despacho.

Lo primero que implementó fue la imagen. Cuando me invitó a entrar se deleitaba en una calada con sabor a victoria. Señaló el casco de realidad virtual modificado, junto a un reloj. Me dijo que estaría una hora.

Al enfocar la imagen me encontré flotando sobre una carretera. Sólo debía dejarme llevar. Arriba, a la derecha, un cronómetro avanzaba mientras en las cunetas iban pasando letreros con palabras inconexas: casa, perro, albaricoque, margarita, felicidad, carpintero, sirena, tiempo… Unos cientos de palabras más tarde caí en la cuenta de la velocidad que estaba alcanzando. Al rato, el reloj marcaba sesenta minutos, y la simulación paró.

Me quité el casco, sudado y mareado. Ella estaba a pocos centímetros de mí. Se acercó despacio y me besó en un momento eterno. Al apartarse, vi el reloj. Sólo habían pasado cuarenta minutos.

Podía funcionar.

Me dejó frecuentar su despacho, al que prácticamente se había mudado, y trabajar con ella. En pocos días habíamos arañado veinte minutos más y los electrodos en nuestras cabezas indicaban que todavía había margen.

Tras la imagen vino el sonido, y después la conversación. Enfundados en nuestros cascos proyectábamos nuestros pensamientos, que se convertían en torrentes de información de la que mamar. Las primeras pruebas me hicieron vomitar a la media hora. Ella era incansable.

Y, al acabar, el beso. Su beso. Su cada vez más eterno beso.

A las pocas semanas ya podíamos mover objetos. Primero construimos casas en horas. Después, catedrales en minutos. Después descubrimos que lanzarnos los sillares era un mejor ejercicio hasta que, derrotado ante su puntería, me quité el casco. El cronómetro marcaba sesenta minutos mientras que el reloj apenas llegaba a los diez.

La siguiente tarde leí un libro completo, diseñamos juntos la siguiente versión del prototipo, bromeamos, hicimos un plan de negocio, soñamos sobre nuestro futuro y recorrimos el sur de China.

En un descanso, tumbados en el chaise longue, yo especulaba con la vida eterna. Ella callaba.

Un martes recibimos una llamada. Su madre estaba enferma.

En su ausencia yo seguí entrenando. Me enfundaba el casco al levantarme y dieciséis horas después, tras vivir varios días y hacer todo lo que mi mente era capaz de imaginar, me las quitaba y volvía a la cama.

Su regreso no me detuvo.

Al tercer día, una bofetada terminó con mi casco en el colchón. A continuación me besó. Mientras lo hacía yo visualizaba el cronómetro volando, y pasaron por mi mente los libros que no leería y los lugares que no visitaría en aquél tiempo. No necesité decirle lo que estaba pensando para recibir una nueva bofetada. Le siguió un nuevo beso. Cerré los ojos. Noté la la caricia de las arrugas de nuestros labios hasta engarzar. Pude sentir la temperatura de su lengua aproximándose hasta juntarse en un lento vals con la mía. El reloj habría dicho que el baile duró apenas unos segundos. Al abrir los ojos de nuevo vi su sonrisa, y ella la mía. En lugar de una nueva hostia de realidad, durante unos segundos-hora mis ojos recorrieron los poros de su piel mientras su camiseta flotaba hasta el suelo, y comprendí.

¿Me dejas una respuesta?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.